Mi vida ha cambiado mucho, tanto, que ya casi no la reconozco, lo bueno es que ha cambiado para bien, o mejor dicho, ha evolucionado. Si, esa es la palabra, evolucionado, hace cuatro días vivía soñando cual sería mi vida en diez años, y desde luego, ni en el mejor de mis sueños tenía tanta suerte.
Pasé mi adolescencia buscando el amor, imaginándome un futuro con toda persona que me enamoraba de la noche a la mañana, con quien sin ni siquiera hubiera mostrado un ápice de esparanza... pero yo me lo inventaba todo, y me montaba mis películas, era lo que tocaba con el subidón hormonal ¿no?.
Pero después de soñar tantas veces con el futuro, despiertas una mañana y te das cuenta de que ya ha llegado, de que ya está aquí, que han pasado diez años, y ese principe azul tiene nombre y apellidos y resulta que está durmiendo a tu lado, y “casualmente” no es ninguno de esos con los que habías planeado hasta el último día de tu vida, y resulta que esa persona sin darte cuenta, reúne todo lo que una madre puede desear para su hija, y sabes que es lo que una madre desea para su hija, porque cuando miras al otro lado de la cama, ves una cuna donde duerme una criaturita a la que meterías en una burbuja y no dejarías que nunca nadie le hiciera daño, y te gustaría que fuera tan afortunada como tú eres.
Siempre he querido encontrar un hombre tan bueno como mi padre, y muchas veces pensaba, ¿tan difícil es? Solo quería una persona que tuviera los valores que tiene mi padre y que me ha sabido inculcar a mí, y entonces empiezas a entender que esto de la vida sigue unos patrones, si has tenido suerte de encontrar tu principe azul, sabes que es el “bueno” cuando deseas que tu hija tenga todos los valores que tiene él, y que el día de mañana a poder ser, encuentre una persona como él con quién compartir su vida. Es ese justo instante en el que te das cuenta de que has formado una familia, una familia como la que tú tenías en casa, y que el mismo amor que te han dado a ti incondicionalmente es el que tu intentas darle día a día a los tuyos.
Pero la felicidad también tiene una parte amarga, y esa parte es la del miedo, miedo a que algo se estropee, a que una día algo deje de funcionar e irremediablemente uno de nosotros sufra, a que una enfermedad acabe con esa vida idílica que tienes hasta hoy, que algo se interponga y acabe con este futuro con el que tantas veces has soñado. Es algo que me preocupa mucho, y más cuando hace tan solo unos días, has visto sufrir y llorar a un conocido por alguien querido. Ya no solo me da miedo sufrir yo por perderlos a ellos, también me da mucho miedo que sufran ellos por perderme a mí. Supongo que todo tiene una cara b, esa que no queremos ver nunca y que intentamos ignorar, pero que sabemos que está ahí. La virtud está en saber disfrutar de la cara a, y no dejar que esos miedos se apoderen de tí, tenerlos controlados, porque cierto es, que en el momento en el que te da miedo perder algo o a alguien, es el momento en el que te das cuenta de lo muchísimo que lo quieres, y yo hoy tengo muy claro que no podría vivir sin Carlos, sin nuestra niña, ni sin mi familia, ni de la gente que me rodea...solo pensar en separarme de mis dos amores una semana, hace que se me acelere el pulso, y se me llenen los ojos de lágrimas.
Ahora entiendo más que nunca a mi madre, cuando me he pasado toda la vida pensando que era una paranoica y una exagerada, y va y resulta que lo que le ha pasado, es que nos ha querido (y nos quiere) con locura.
No hay comentarios:
Publicar un comentario